Ensayé las palabras
muchas veces.
Las ordené, las corregí,
les quité el temblor
para que sonaran a verdad
y no a miedo.
Pero la muerte no avisa
cuándo cierra la puerta.
Y ahora tengo un perdón
sin destinatario,
una deuda que no puede saldarse,
un nombre que pronuncio
en el único lugar donde aún me escucha:
el silencio.
No te pedí perdón.
Te hice sufrir
y me quedé con eso dentro
como quien guarda una piedra en el pecho
esperando el momento exacto
que nunca llegó.
Ahora envejezco
y aprendo que hay heridas
que uno no inflige a otros:
se las inflige a sí mismo
para siempre.
Porque tú ya no puedes perdonarme.
Y yo
no sé cómo perdonarme
sin ti.
Antonio Portillo Spinola ©️