Te quedas.
La noche desgajada
en la orquídea abierta,
llorosa de tristezas pasajeras
que le causan dicha.
Te lleva…
Su mano, cadena de oro
entrelazando tu piel con su alcoba.
Te habla.
La mirada muda, fluye sobre la tuya
con desquiciante cautela...
A tientas, las aves callan
y el cuerpo mojado sujeta.
Te libera.
Candil sin llama quemando su brecha.
Debes sembrar, guerrero, tu ballesta.
Yamel Murillo
Cuando la luna se muerde los labios ®
D.R. 2018