Ajenos a las redes sociales, a lo tóxico, lo superficial o lo alterado;
amigos de la soledad, la emancipación y el silencio.
Habitantes del único paraíso conocido: la misma Tierra que pisan y aman.
Partículas del universo al que pertenecen y al que, en su día, regresarán.
Partícipes conscientes de un juego imposible de descifrar, generación tras generación, por orden natural.
Que, al margen de las circunstancias, obstáculos o impedimentos, son habitantes del río por méritos propios.
Y así, un día sí y otro también, fluyen en busca del mismo mar...
habitantes del mismo río, que, sin duda, les ha visto nacer.