El verdadero valor de nuestras vivencias no reside en haberlas superado, sino en la generosidad de compartirlas para que otros encuentren un atajo en su propia adversidad. Existen amistades que actúan como espejos de sabiduría y retroalimentación constante; son esos seres maravillosos que Dios pone en nuestro trayecto no por casualidad, sino como un recordatorio de que nadie debe caminar solo.