A fuerza hago tiritar el párpado muerto, que por montaña sin deslices ni subidas llevo.
Mis intentos de estrujar el bombo que revienta a ecos cada segundo dentro de mí no funcionan. Mis células, ejército ambulante sin patria ni honor, están en constante búsqueda de un pozo de lágrimas. Les encomendé, y hasta ahora no hallaron nada. Ayer, la lasitud, en inquietas y mordidas venas, creyó encontrar algo... Se equivocó, no encontró más que una laguna de sangre coagulada. Sabrá el organismo qué ocurriría si explotaran.
En fin... Vacío, por fuera y por dentro. Sepa explicar el pañuelo virgen, hermano de mi pluma abusada, qué hago yo escribiendo sin sentir nada.
Me endeudé con pequeñas cuotas rescatistas por parte de una ceguera pesimista. ¿Con qué pagaré? No me queda más que unos respiros hondos e inútiles. Si se podrían llamar respiros a los aires que entran por la boca y asedian la quijada para que retroceda, y esta, a regañadientes, asume el coqueteo feroz.
¡Solo! Fíjate en las ganas de vivir que tengo cuando bosteza mi escritura... Y las ganas de morir que remato cuando flama tu mirada.