Luis Barreda Morán

Somos Polvo de Estrellas

Somos Polvo de Estrellas 

Estamos hechos de antiguas hogueras.
De incendios silenciosos que ardieron
cuando el universo apenas aprendía
la diferencia entre la oscuridad
y el resplandor.

Mucho antes de que existiera la primera palabra,
antes de los mares,
antes de los árboles inclinándose hacia la lluvia,
antes incluso del tiempo medido por relojes humanos,
las estrellas trabajaban en secreto.

En sus hornos imposibles
forjaron el hierro de la sangre,
el calcio de los huesos,
el oxígeno de cada respiración,
el carbono de las manos que acarician,
el fósforo diminuto
que enciende pensamientos en el cerebro
como relámpagos microscópicos.

Y cuando aquellas gigantes celestes murieron,
no desaparecieron:
se dispersaron.

Sus restos navegaron por galaxias enteras
como semillas de fuego,
hasta reunirse otra vez
en planetas jóvenes,
en océanos primitivos,
en criaturas capaces de abrir los ojos
y preguntarse quiénes eran.

Nosotros.

Tú.

Yo.

La humanidad completa
es una conversación entre cenizas de estrellas.

Cada niño que ríe
es un eco de supernovas antiguas.
Cada anciano que mira el horizonte
lleva galaxias extinguidas detrás de los párpados.
Cada enamorado
repite, sin saberlo,
la antigua costumbre del universo
de unir fragmentos dispersos
para crear algo hermoso.

¡Qué extraña maravilla somos!

Un puñado de átomos
aprendiendo a sentir nostalgia.
Materia nacida en explosiones cósmicas
escribiendo cartas,
componiendo canciones,
llorando por quienes ama,
temiendo a la muerte
mientras inventa nombres para las constelaciones.

A veces olvidamos esto.

Olvidamos que el odio es pequeño
comparado con la edad de la luz.
Olvidamos que las fronteras
son apenas cicatrices imaginarias
dibujadas sobre una roca flotante
que gira alrededor de una estrella ordinaria
en un rincón tranquilo de la Vía Láctea.

Y aun así discutimos.

Nos herimos por ideas,
por banderas,
por dioses pronunciados con distintos acentos,
por diferencias tan breves
que el universo ni siquiera las notaría.

Pero míranos bien.

No existe otro ser idéntico a ti
en la vastedad inconcebible del cosmos.
Ni en los brazos espirales de galaxias remotas,
ni entre mundos congelados,
ni bajo soles azules o gigantes rojas.

Jamás ha existido
ni volverá a existir
alguien exactamente igual.

Tu manera de reír,
de temblar,
de mirar la lluvia caer sobre una ventana,
tu memoria más antigua,
la canción que te rompe el corazón,
el silencio que guardas cuando estás triste:
todo eso constituye un acontecimiento irrepetible.

Eres una rareza estadística
convertida en conciencia.

Una improbabilidad tan inmensa
que parece milagro.

Por eso,
si alguien piensa distinto,
déjalo vivir.

¿Qué sentido tiene destruir
otra forma única
en que el universo decidió contemplarse a sí mismo?

Cada persona es una variación irrepetible
de la misma materia estelar.
Como copos de nieve hechos de galaxias.
Como poemas escritos
con el polvo brillante de soles muertos.

Tal vez la verdadera grandeza de la vida
no esté en los átomos,
sino en la danza.

Porque el carbono solo
no ama.
El calcio solo
no sueña.
El hierro solo
no recuerda.

Pero juntos…

Juntos construyen manos
que sostienen otras manos.
Construyen ojos capaces de llorar
frente a un atardecer.
Construyen voces
que tiemblan al decir \"te quiero\".
Construyen músicos,
astrónomos,
panaderos,
pintores,
madres desveladas,
niños que preguntan por qué brillan las estrellas.

La belleza surge de la unión.

De la organización milagrosa del caos.

Somos el universo intentando entenderse
mediante criaturas temporales.

Y quizá por eso sentimos soledad:
porque venimos de distancias imposibles.
Porque alguna parte de nosotros
todavía recuerda el viaje.

Recordamos haber sido nube,
recordamos haber sido fuego,
recordamos haber sido silencio
antes de convertirnos en piel.

A veces, por la noche,
cuando el mundo finalmente calla
y las ciudades dejan de rugir,
levantamos la vista al cielo
y sentimos algo antiguo estremecerse dentro.

No es casualidad.

Las estrellas reconocen su propia materia.

Nos llaman.

Y nosotros respondemos
con telescopios,
con poemas,
con filosofía,
con canciones cantadas en habitaciones oscuras,
con preguntas que nadie logra contestar del todo.

¿Quiénes somos?
¿De dónde venimos?
¿Por qué existe algo
en vez de nada?

Tal vez nunca lo sepamos completamente.

Pero hay algo profundamente hermoso
en el simple hecho de preguntar.

Porque una roca no pregunta.
El vacío no se maravilla.
La oscuridad no escribe versos.

Nosotros sí.

Y eso basta para convertir la existencia
en algo extraordinario.

Mira tus manos.

En ellas descansa el resultado
de miles de millones de años de evolución cósmica.
Átomos nacidos en estrellas antiguas
organizados de manera tan precisa
que pueden acariciar,
crear arte,
sembrar jardines,
encender fuegos,
curar heridas
o destruir mundos.

¡Qué responsabilidad tan inmensa!

Somos capaces de ternura
y de catástrofe.

Por eso importa la compasión.
Porque en un universo tan vasto y frío,
la bondad es una forma de resistencia luminosa.

Ser amable
es desafiar la oscuridad entrópica.

Escuchar a otro ser humano
es un acto astronómico.

Perdonar
es permitir que el cosmos continúe creando
en lugar de reducirse a cenizas.

Y amar…

Amar quizá sea esto:

la materia estelar
negándose a permanecer sola.

Algún día desapareceremos.

Nuestros nombres se borrarán lentamente,
las ciudades caerán,
los océanos cambiarán de forma,
el Sol también morirá,
y hasta las galaxias
terminarán alejándose unas de otras
en un silencio difícil de imaginar.

Pero incluso entonces
los átomos continuarán viajando.

Tal vez el hierro de tu sangre
forme parte de otra estrella futura.
Tal vez el carbono de tus huesos
termine dentro de flores desconocidas
en mundos aún no nacidos.

Nada se pierde verdaderamente.

El universo recicla eternidades.

Y aunque nuestra vida sea breve,
tiene una intensidad imposible de medir.
Porque durante un instante diminuto,
la materia dispersa logró despertar.

Logró mirar el firmamento
y decir:

\"Yo también pertenezco ahí\".

Así que vive.

Ama aunque exista el miedo.
Crea aunque el tiempo destruya.
Abraza aunque todo sea transitorio.
Mira el cielo sin sentirte pequeño,
porque las estrellas no están sobre ti:

están dentro de ti.

En tu sangre,
en tus huesos,
en tu respiración.

Eres hijo del hidrógeno primordial.
Nieto de supernovas.
Pariente lejano de galaxias enteras.

Y aun así,
entre billones de mundos posibles,
existe una sola versión de ti.

Una.

Irrepetible.

Breve como un suspiro cósmico,
pero suficiente
para llenar de significado
un rincón entero del universo.

—Luis Barreda/LAB
Glendale, California, EUA 
Julio, 2022.