Nathanael Gellibert.

Romance de la noche fría.

 

Por las calles de oro mustio
vino la noche serena,
con sus ojos de azabache
enterrados en la acera.
En sus dedos de Saturno
ciñe anillos de cerezas,
y en su vientre ensangrentado
un rumor de adormideras.

Sobre el rostro de los vidrios
asomó lenta y sedienta
su figura redorada
una estrella amarillenta.

Lleva el viento la penumbra
del amor en sus tristezas
y los perros desvelados
le laceran en las piernas.

¡Ay, el viento encenizado!,
¡Ay, que grandes son sus penas!
Hoy las calles llevan noche
y las noches gente muerta.

Se escuchó una voz lejana,
un susurro lamentable,
y volteé para encontrarla
destrozada e irremediable.

Se arrastraba sobre el barro
con un manto en la cabeza,
con los dos brazos cortados
y un destello de viveza.
La mujer también traía
la poesía en sus maneras,
y decía: \"vida mía,
¿dónde estás, mi dulce estrella?\"

La tomaron de las manos
al mirarla casi muerta
y la noche, por las calles,
la buscaba para verla.