Por las calles de oro mustio
vino la noche serena,
con sus ojos de azabache
enterrados en la acera.
En sus dedos de Saturno
ciñe anillos de cerezas,
y en su vientre ensangrentado
un rumor de adormideras.
Sobre el rostro de los vidrios
asomó lenta y sedienta
su figura redorada
una estrella amarillenta.
Lleva el viento la penumbra
del amor en sus tristezas
y los perros desvelados
le laceran en las piernas.
¡Ay, el viento encenizado!,
¡Ay, que grandes son sus penas!
Hoy las calles llevan noche
y las noches gente muerta.
Se escuchó una voz lejana,
un susurro lamentable,
y volteé para encontrarla
destrozada e irremediable.
Se arrastraba sobre el barro
con un manto en la cabeza,
con los dos brazos cortados
y un destello de viveza.
La mujer también traía
la poesía en sus maneras,
y decía: \"vida mía,
¿dónde estás, mi dulce estrella?\"
La tomaron de las manos
al mirarla casi muerta
y la noche, por las calles,
la buscaba para verla.