Aprendiste que las flores llegan a veces disfrazadas,
que el halago del principio puede convertirse en hiel.
Pero tú ya no te ciegas con promesas desgastadas,
hoy tus ojos ven el fondo y lo falso le es infiel.
Ya no omites los detalles, ya no miras a otro lado,
si se repite la historia, sabes bien dónde frenar;
has cambiado la costumbre de idealizar el pasado,
por el arte tan maduro de aprender a caminar.
No te quiebras si no fluye lo que un día habías esperado,
no hay amargura en tu pecho, solo calma y dignidad.
El dolor te sirvió el mapa de lo que no había sanado,
convirtiendo cada herida en tu propia claridad.
Es la escuela de la vida, un camino de paciencia,
donde entiendes que lo humano nunca va a ser la perfección,
y transitas los otoños con la limpia transparencia de quien sabe ,
que el proceso va puliendo el corazón.
Tienes la fe de las fuertes,
la certeza que no duda de que Dios tiene guardado para ti algo mejor.
Tu destino no se apura, tu esperanza no se muda,
te preparas sabiamente para el hombre de valor.
Ese esposo del mañana que el cielo te está cuidando,
(que sabrá Dios en qué lodo o con qué loca andará hoy),
va a encontrar en tu mirada lo que tanto estuvo buscando:
el refugio de la santa que hoy me dice quién soy.