En la búsqueda de su otro yo el poeta se marchitó preso en su laberinto sin fin,
en el colapso que divide la voz de la palabra, la desesperación del deseo.
El sueño advierte todo secreto
que desnuda del abismo íntimo,
el talismán dorado fruto del ocaso hiriente,
el vago éxtasis que compone al triste soñador.
Aquí esta sirviente tu agonía y el siniestro juego de tu estrella,
el mundo hueco oculto en su rostro,
deforme realidad de espejos infinitos.
Nada esperes de los templos que atraviesan el camino,
ni en la criatura que mueve tus pasos,
no somos iguales,
nunca en el porvenir que nos fija ni en la eternidad que nos devora.