Mortificados al percibir constantemente
significados siniestros en todo.
Vivimos como autómatas.
Nos nutre detectar amenazas
en los aspectos más pequeños
de nuestra cotidianidad.
Azorados vemos el avasallante
entorno tecnológico y social.
Nos reclama atención permanente.
Sumidos en un estado
de hipervigilancia forzada,
próximo a desencadenar un colapso.
En una rumiación compulsiva,
sin chance a un momento de relajación;
no hay confianza en el tono del mensaje,
todo es una trampa potencial.
La mente entra en un bucle
de anticipación catastrófica.
¿Qué hemos dejado pasar por alto?
Obligados a buscar
el demonio en cada esquina,
interpretamos fallos
en actos voluntarios
que rechazan los algoritmos.
Ataviados en traje de perfeccionismo,
no nos cansamos de revisar obsesivamente
cada detalle de lo que hacemos.
No se da por bueno nada
que no se haya escudriñado.
Preferimos procrastinar
por miedo a fallar.
Desgastamos la voluntad
y el recurso mental
por vivir en modo
”detección de detalles malévolos”.
No queda energía ni para lo esencial.
17-05-2026
© Derechos reservados 2026