En el frágil viaje de la infancia
volaban en mis oídos
mensajes que no eran míos,
frases pronunciadas con la solemnidad
que tienen algunas derrotas
cuando se disfrazan de experiencia.
Palabras elevadas a rango de dogma social
por quienes no consiguieron alcanzar
aquellas viejas esperanzas
que todavía cruzan su memoria
como olas que nunca volverán.
Y me miraban.
Me miraban del mismo modo
en que se mira un espejo
capaz de devolver una imagen corregida,
como si mi vida pudiera rescatar
lo que el tiempo dejó pendiente
en los cajones oscuros del pasado.
Desde pequeño me enseñaron
la fotografía exacta de un triunfador:
un hombre con horarios impecables,
un nombre escrito en puertas importantes,
una sonrisa correcta para cada ocasión,
y un cansancio elegante
aprendido a fuerza de costumbre.
Y uno aprende.
Porque los niños creen
que los mayores conocen los mapas,
las heridas enseñan direcciones,
y el miedo tiene razones de peso.
Al bajar en la estación de la madurez
no supe qué hacía allí.
Miré alrededor.
Las caras parecían satisfechas.
La vida seguía entrando y saliendo
como un tren puntual en día cualquiera.
Pero yo no había comprado ese billete.
Alguien lo compró por mí.
Alguien eligió el destino,
la velocidad,
el asiento junto a la ventanilla.
Alguien me aseguró
que estaría en el pelotón de los vencedores.
Y llegué.
Llegué incluso antes que otros.
Escuché aplausos,
estreché manos,
aprendí a posar para las fotografías
y a repetir palabras parecidas al éxito.
Pero cuando me dieron el trofeo,
sentí una tristeza leve,
de esas que no rompen la voz,
sino que la entumecen.
Fue algo más pequeño.
Más peligroso.
Como descubrir de repente
que uno ha vivido muchos años
en un hogar que no recordaba mi nombre.
Aquel objeto no era mío.
Solo materia inerte.
Metal, peso y reflejo.
Y la certeza de haber llegado el primero
a ninguna parte.
José Antonio Artés Sánchez