suly22

Reflexión para dejar de idealizar

Intenté con todas mis fuerzas ser una buena hija, pero nunca lo logré; al menos no ante los ojos de mi madre. Durante mucho tiempo busqué esa protección en otras mujeres, pero jamás encontré un refugio que se igualara al amor que, según dicen, solo una madre puede dar. Cuando me tocó el turno de la maternidad, el miedo a repetir la historia y ser una mala madre me volvió dura y severa con mis hijos. Sin embargo, siempre busqué el equilibrio: los llené de amor y cada gota de mi trabajo fue por y para ellos.

Con el paso de los años, dejé de perseguir a mi madre y renuncié a idealizarla. Empecé a comprender que lo que ella hizo, dentro de su realidad, estuvo bien, porque ¿qué se le puede exigir a alguien que tiene las manos vacías? Ella hizo lo que pudo con las pocas herramientas que la vida le dio.

Hoy, a mis 44 años, me resigno a la idea de no tener esa madre a la que se puede visitar para desahogar las penas, pedir un consejo o simplemente esperar una taza de café recién hecho... Ya no más. He encontrado amigas entrañables en el camino, pero he aprendido a no vestirlas con roles que no les corresponden: sé que no son mi mamá, ni mi hermana, ni esa prima confidente. Hoy las veo con claridad, las valoro como las grandes amigas que son y honro ese título.

No puedo negar que una parte de mí todavía se siente vacía. Me encantaría ser abrazada y apapachada por mi madre; pero no por la madre real que tengo, sino por esa madre que siempre me habría gustado tener.