Omar Reyes

Fría Como el Sol

Como autómata de sal entre constelaciones líquidas,
giraba dentro de catedrales sumergidas,
mientras peces transparentes cosían
las grietas encendidas de mis mejillas.

Habitaba relojes detenidos.
Fui la memoria del humo,
fui el eco anterior a la lluvia,
mas ninguna criatura pronunció mi ausencia.

La arena —minúsculo archivo del océano—
trepaba lentamente por mi piel,
helada
como un sol olvidado dentro de un laboratorio submarino.

Era tuya
como los astros pertenecen al vacío;
era mío
como pertenece el musgo a las piedras antiguas;
pero jamás mercancía
para los mercaderes del deseo terrestre.

Mis ojos te observaban
desde habitaciones llenas de agua inmóvil,
aunque tu rostro se deshacía
como tinta derramada sobre mapas celestes.

Las pupilas,
animales feroces atrapados en frascos de cristal,
se contraían lentamente
igual que mareas exhaustas al final del universo.

Podía sentir tu respiración
atravesando los corredores de mi pecho,
pero tu voz
no lograba atravesar
la maquinaria nocturna de mis oídos.