Aun cuando el pasado
sigue vivo en mi memoria,
al contemplarlo despacio
se revela como un sueño,
un eco que se disuelve
en la vastedad del tiempo.
El amor y el odio
no dejan huella duradera,
pues todo sentimiento
es sombra que se extingue
cuando la conciencia despierta
y reconoce su fugacidad.
El ayer es humo,
una ilusión que danza
en los pliegues de la mente,
y se disipa con el viento
como verdad incompleta,
como reflejo que nunca
puede ser tocado.
Así comprendemos
que la existencia es tránsito,
que la memoria es un espejo
fracturado y cambiante,
y que la vida misma
es un río de instantes
que jamás se detiene.
Al final, entre penumbras,
surge la figura etérea,
la guardiana de lo oculto,
la que susurra en silencio: