No es fácil vivir entre pensamientos,
ni existe silencio capaz de someterlos.
Ellos, en su universo invisible,
golpean las paredes de la mente
buscando liberarse
de la prisión donde los escondemos.
La lenta agonía del tiempo,
corriendo tras el cierre de cada ciclo,
desgarra mis esperanzas de salvación.
Pero recordar que no tengo el control de nada
me reconforta extrañamente
y me obliga a valorar lo vivido.
A veces desearía ignorar la realidad,
caminar ligero entre falsas certezas,
sobrevivir al día a día
con la misma venda voluntaria
con la que el mundo aprende a sonreír
mientras se derrumba por dentro.