La resaca eterna de un cigarro rojo que besó tus labios me da envidia.
Sé que no tienes poetas favoritos, pero sí un léxico de los malditos.
Así que puedo decir:
qué puta envidia le tengo a esos cigarros que probaron tus labios, ya sean rojos o azules; esos que murieron junto al vicio de amarte, inhalando y exhalando humo frío.
Luego los dejas a la mitad, aplastados sobre un cenicero, y sigues con los rojos.
Qué puta envidia, porque a esos sí los dejas pudrirse lentamente.