Asiento del copiloto
El asfalto canta su prisa,
solo escucho el pulso que incendia
desde el asiento de cuero que arde.
Tus manos: la oración precisa, la danza antigua
sobre el volante que gime a tus órdenes.
La gorra azul, un velo de sombra
que agudiza el filo de tu mandíbula.
Un gesto varonil, áspero y dulce,
tu puño busca la marcha
y el motor gruñe con voz de tigre.
Mis ojos bajan a tus muslos,
ceñidos por la sombra del denim oscuro:
veo la fuerza latiendo bajo la tela,
el motor ruge, respuesta de una fiera.
Tu mano apretando la palanca,
la imagino bajando por mi columna vertebral,
un roce lento, una chispa que trepa.
Mis ojos, cámaras lentas,
filman el músculo tenso bajo tu camisa,
la muñeca gira y vuelve.
Huele a gasolina y a piel,
una fragancia densa me seca la boca.
Tu mirada fija en la autopista,
un túnel de asfalto y silencios.
Sé que me miras por dentro,
que imaginas mis broches, mis sedas,
mientras desnudas la carretera con prisa.
El deseo sube
como un rumor de miel oscura bajo mi falda.
Cada cambio de velocidad,
un latido me roza por dentro,
me pronuncia sin palabras.
La luz del atardecer
pinta tu perfil de oro y misterio.
Y yo, aquí, sin moverme,
sintiendo cómo tu manejo me desarma,
me enciende, me reconstruye
entre tus curvas y sombras.
Soy asfalto vibrando bajo tus ruedas
chispa que espera el siguiente embrague.
© Nelly Cevallos-Liora
16 de mayo al año 2026