la ausencia que dejas con cada despedida
arruga como papel
a este pobre corazón.
Que cilicio cada semana
tener que resetear mi rutina
y amainar mis penas.
Qué silencioso y vacío
se ve tu cuarto,
que guarda tu aroma
como una promesa de sosiego
para esta alma que llora
cada fin de semana,
el sonido de tu ausencia.
Cómo me duele verte dejar el nido,
y cómo le duele a mis entrañas
aceptar que ya has crecido...
Y...
Aunque eres el hijo de mi vida,
ahora también debo entender
que lo eres de la vida.