SinIdeas

Árbol

Mientras oprimía el lapicero contra hojas blancas y verdes,

mi pecho se inflaba en un vaivén estúpido.

Ese lapicero ignorante observaba conmigo un árbol

recto como un poste e imponente como Pie Grande.

El soroche que me impelía la altura no impedía mi deseo de continuar.

Ese día era mejor bajar.

Lloraba en las raíces, como un niño que, en el zapato de su padre,

le suplica que lo alce para tocar el cielo.

Con tales memorias, rompía el pan duro y pateaba al perro de la familia.

Qué pereza llorar tanto al pensar

que podían pasar días, semanas e incluso meses hasta que quisiera subir otra vez.

Cuando menos lo pensé, volví a las raíces, aterrado.

En la cima vi pájaros muertos y madrigueras de arañas.

Alcé la cabeza y ahí estaba mi madre, con los ojos de panda.

¿Me expliqué?

El lapicero no tiene tinta.