Se detienen a rondarme
esos amaneceres en que no eras de sombras.
Cuando la luz te paseaba por el centro de mis rodillas
¡Siempre sol en el deseo de estampida!
Tu cuerpo, torre flotante paseando sobre el mío
hasta que poco a poco
un invisible imán tallaba nuestra silueta
sobre un solo troco.
En segundos florecías:
Una cosecha abundante
te aprehendía.
-Aún- las más poderosas leyes
físico químicas
no descifran la fórmula
de tus ráfagas.
Miro sin estar presta
para mirar nuevamente
esto, esto que se suponía era un secreto
-y digo esto porque hay sentimientos
huérfanos de adjetivos-.
Así tienes que permanecer.
Nadie debe saber cómo te nombro.
Con tal revelación te harás eco
y el silencio de tu nombre
es lo único que me queda