André L. Flores

El Arte de Florecer

He sido muchas personas en esta vida:
fui el soñador que no despertaba, fui el que cayó, el que cambió, el que aprendió a callar, y también el que aprendió a priorizar el aterrizaje antes que la caída.
Era de las personas que creían que florecer era transformarse a través de los recuerdos, como si cada recuerdo fuese una hoja de otoño que cae lentamente en el bosque de mi memoria.
Fue en ese tiempo donde iba a caminar y me posaba frente al mar, ahí, a nombrar las cosas:
a la piedra como piedra,
el ave como ave,
y las olas como olas.
Como cosas que giraban dentro de mi globo terráqueo de memorias, recordaba que ya he sido poeta, artista y escritor, pero nunca he sido, ni seré flor.
He sido mar, aire y fuego,
pero nunca he sido, ni seré picaflor.
Y he sido temblor, humo y alcohol,
pero jamás podré ser arrebol.
Y también he sido de las personas que creían que florecer era cambiar.
Pero hoy creo que, para cambiar, no se necesitan segundas oportunidades; porque la esencia misma del cambio yace en la convicción. Creo que esperar una segunda oportunidad para hacerlo es, en muchas ocasiones, aceptar una condición para no perder a alguien amado, y no una verdadera forma de transformación.
A mí me rechazaron cientos de veces, y aun así cambié por mí mismo. Ese fue mi aterrizaje después de un pozo sin fondo.
Por eso mismo, hoy, frente al mar, aprovecho en gritarle tantas cosas al cielo, pero no me escucha. Le grito entonces al sol mis penurias, pero tampoco me oye. Y es ahí donde comprendo que debo hablarle a aquello que siempre estuvo delante de mí pero que evité por miedo a afrontar las cosas de frente: el mar.
Todo este tiempo estuviste frente a mí, y nunca pude decirte las cosas que guardaba.
Corrijo pues mis gritos y los hago hacia ti:
Extraño a muchas personas que ya no están.
Aún amo a mis enemigos.
Y me disculpo con todas las personas que esperaron que cambiara, porque tristemente lo hice demasiado tarde. Perdón a todas las personas que me amaron y no pude amar de la misma manera.
Y dedico, pues, estos versos a todos los corazones rotos del mundo, a mi familia, a las personas que amo y a mis peluches:
Es aquí, mientras me poso frente al mar, dónde finalmente comprendo que el arte de florecer nunca fue convertirse en alguien distinto, sino vivir: cambiar lentamente, como las estaciones, sin dejar de ser raíz.