En la penumbra táctil del espejo
una mujer descifra su arquitectura:
no busca placer,
sino una forma de silencio.
Los dedos —pequeños animales metafísicos—
exploran la grieta donde el cuerpo
olvida su nombre.
Afuera, la ciudad continúa
su liturgia de cemento y humo;
adentro, una constelación mínima
arde sin testigos.
Y por un instante,
el universo deja de ser lenguaje
para convertirse en pulso.
Daniel Omar Cignacco © 2026