He rodeado tus muros
como Josué a Jericó,
no con lanzas,
no con furia,
sino con el paso terco del que ama.
Una vez por día,
siete días,
he caminado tus bordes en silencio,
con el respeto de quien sabe
que toda fortaleza es, en el fondo,
una herida hecha piedra.
He llevado conmigo
la música callada del cuidado,
la trompeta del gesto sencillo,
la marcha de palabras sin prisa.
No he querido tomar,
sino merecer.
Y al séptimo día,
di siete vueltas,
no para vencerte,
sino para que escuches
que mi presencia no es asedio,
sino hogar.
Entonces tus muros,
como los de Jericó,
temblaron.
No cayeron por fuerza,
sino por fe.
Y cuando el polvo se asentó,
vi tu rostro al descubierto,
y entendí que la verdadera conquista
no era derribar,
sino quedarme,
y cuidar lo que había detrás.