Veo tus ojos, veo tus labios.
Uno es ventana para admirar tu alma,
el otro es puerta para poder tocarla.
Al comienzo puedo sentir y
puedo admirar.
Todo es nítido:
ventanas limpias y puerta que no rechina,
admirando ensalzada de amor y alegría.
Veo en las ventanas manchas;
no distingo qué admiro,
trato de poder limpiarlas y,
al acercarme, no veo tu alma.
Me dices que se arreglara y
bajas la mirada,
quedo callada, inundada en dudas.
Porque no quieres que vea tu alma.
Toco la puerta y la intentas poder abrir,
pero un sonido que disgusta brota desde que distingues mi silueta.
¿Por qué me niegas la entrada?
Quedo yo desconcertada.
Me expresas tu falsa identidad con gentileza.
Vuelvo y pregunto, desconcertada:
permíteme poder admirar tu alma,
y me bajas la mirada y te avergüenzas.
Veo tus ojos y veo tus labios,
veo que hay disgusto por tu lado
y falta compromiso por un cambio.
Porque cuando he abierto mis ventanas
y te he permitido la entrada,
¿por qué siento que me cambias con cada suspiro que levanta sospecha, careciendo todo lo que ha acontecido?
Será mi silueta que disgusta,
las sombras que me atormentan,
mi cercanía que se siente lejana.
Esperando que se repare, pero…
¿Qué se debe reparar?
¿Qué debo esperar?