Estabas a lo lejos,
ya no más.
Te perdí sin percatarme;
me acostumbré tanto a no notarte
que olvidé que mis ojos te buscaban.
No te hallé en tu rincón,
ni en el sitio de siempre.
Y entonces llegó el miedo.
No vi que el mundo estaba cambiando,
o quizás fui yo quien cambió de vista.
Tú ya no estabas,
y yo no me fijé.
Ahora lo veo todo,
pero el silencio pesa:
no soy capaz de hablarte, ni de escribirte.
Jugábamos a que yo huía y tú me perseguías,
pero las reglas se rompieron.
Ya no corremos más.
Te fuiste.
Y mi rechazo a aceptarlo sigue intacto.
Mientras escribo, ocupas cada espacio de mi mente,
y me conformo con eso:
con tenerte aquí, aunque solo sea en el peso de mi culpa.