Te nombro en mi memoria
con toda la fuerza de la palabra madre,
y en la intimidad de mi fragilidad humana,
te digo mami,
buscando arroparme con tu ternura,
porque hay agrestes días
en que el mundo pesa más que el cuerpo,
y el alma se vuelve pequeña,
como un susurro que tiembla en sombra.
Entonces vuelvo a ti,
no como quien regresa,
sino como quien aún guarda en la piel
el eco de tus manos,
déjame quedarme un instante
en ese lugar donde todo era simple,
donde tu voz bastaba
para ordenar el caos de mi universo.
Hoy no pido respuestas,
solo el abrigo invisible de tu presencia,
esa forma de amor que no se nombra,
y, siempre sostiene.