Aquel primer día no fue un relámpago,
ni un golpe de estado en el alma,
ni nada que la literatura oficial
considere digno de un gran epitafio.
Fue apenas un cruce de sombras en la calle,
un accidente de la luz,
un error de cálculo en la soledad de ambos.
Pero sucede que el tiempo, ese lento funcionario,
se puso a trabajar sobre nosotros.
Y lo que era azar, pura anécdota,
se fue llenando de peso y de costumbres,
de llaves compartidas, de recibos,
de ese aire que queda en el pasillo
después de que tú pasas.
Dejamos atrás lo trivial por puro cansancio,
y lo casual se nos volvió destino
por la simple insistencia de los días.
Nada de fuegos artificiales,
fue la lenta sedimentación de la esperanza,
el milagro burocrático de vernos
cada mañana, con la misma cara,
venciendo al mundo con un gesto sucio.
Hoy te miro y ya no busco aquel asombro.
Prefiero este amor de bajo presupuesto,
esta vida compartida que, de tanto usada,
ha terminado por ser lo único
que todavía parece nuevo bajo el sol.