A veces el alma afila lentamente aquello que la rompe,
decidida a matar la herida, aunque yo no salga con vida.
Intentando curar para encontrar la felicidad,
me tiene habitando mi propia sangria.
Y cuanto más intento arrancarme este vacío,
más me invade la duda de si yo soy quien me guío.
Quizá la mente no quiera salvarse,
porque entender el sufrimiento no lo destruye.
Tal vez habitar esta herida abra la puerta de mi huida.
No sé si debo salir de mí mismo
para lograr saltar este abismo,
o si el abismo es lo único que me sostiene a mí mismo.
He confundido tantas veces existir con resistir,
que ya no sé si quiero quedarme o simplemente huir.
Y si todo lo que soy nació de esta alma jodida,
entonces sanar sería borrar mi propia vida.
Soy el eterno retorno de una mente desgarrada,
que afila su filo y lo hunde en la llaga.
Que sigue la senda que recorren sus venas,
y no se detiene, aunque se quiebre en ella.
No sigue por fe ni busca el destino,
ha entendido que el vacío tiene su propio camino.
Y empiezo a sospechar que no busco salir,
sino comprender lo que ocurre dentro de mí.