Las palabras van en fila de derecha a izquierda,
una tras otra, como prótesis de una realidad
que apunta en todas las direcciones.
Los agentes gramaticales señalan las oraciones
y la ventana de emergencia, y nos achicamos
hasta encontrar nuestro lugar entre el signo
y el símbolo. Debemos pagar impuestos y creernos libres
antes de pasar a la fila de los párrafos, y defender
esa libertad en honor de la prosa; después viene
la artritis, los adverbios, la obesidad, las voces pasivas,
las arrugas, los gerundios y la pérdida de memoria
y romperemos filas. Regresa hacia la fama y la fortuna
–nos corrigen los editores publicitarios ante los gemidos
del criterio porque nos esperan alegrías inauditas.
De la insatisfacción nacen las obras completas,
homenajes y la servidumbre a causas secretas y ajenas.
Esta fila no nos gusta, pero fortalece los tendones
entre sujeto y predicado. La condena por el delito de sordera
es la decapitación lenta en oficinas con alma zen, redactar
manuales de funciones y currículos mitómanos. Algunos
exigirán libertad dentro de la nómina de partidos políticos
y movimientos literarios con esquemas lógicos para amasar
a la humanidad, meterla en el horno y sacar pan. Otros
obtendrán libertad en el encierro y el silencio, en cerrar
los ojos y esperar. Somos el caldo de cultivo de mejores
promesas y la fermentación de frases robóticas
porque el presente siempre está más allá.
Hasta que surge desde abajo, con orejas en punta
y barbas de chivo, desde el lodo, el revolucionario.
No lo vamos a reconocer a pesar de haber estado
junto a él, creeremos que se ha colado, que es
un fruto espontáneo del pueblo… Es un cuento clásico
con presentación, nudo y desenlace donde los párrafos
avanzan más rápido o las oraciones se acercan con precaución.
Sus mensajes elocuentes, sufrientes y empáticos,
se repetirán y sumarán adeptos a su indignación.
Los llamará aparte y recibirán el bono melodramático
por difundir el movimiento, robar y matar diccionarios...
Escribe la vida con palabras forzadas entre espasmos y trucos repetidos.
Ya siendo parte del cementerio de las buenas intenciones,
con el gozo de la misión cumplida y los fondos de la causa
asegurados, serán premiados con el festín antropófago
donde otro grupo alternativo los comerá para reciclar
y salvar la retórica. Solo entonces se abre una ranura en la piel,
una veta en la hoja, la ventana de emergencia
por donde los suspiros mutilados de los géneros libertarios
suben hacia la eternidad, la libertad, la igualdad
y todavía más allá el grito seguirá buscando vida.