Callo,
prefiero callar,
lo que me asalta
no es tan bello,
prefiero que hable
un silencio, llene
de aire una estancia
tan tensa.
Callo,
horror vacui,
las palabras salen,
de tu boca a borbotones,
afuera, como un volcán
rompiéndose sin ton ni son,
impelido de una fuerza
que ahora no toca,
y, por cansancio, a la postre,
terminas callándote,
coleccionando nuevas lavas
para la subsiguiente erupción.
Callo, callas,
me muerdo la lengua,
levanta una mano
para intervenir, más no
la dejo, se lo impido,
la callo, le indico
que no es su turno, y hierve,
me implora que le deje
toda la cancha para decir
a sus anchas cuanto contiene
entre sus fibras, y le digo cauto,
callado, que espere su turno,
que, cuando termines de decir
la última palabra se lance
como ciclista descendiendo
el Turmalet.
Callo, y te amo,
y sigo callado, rostro sereno,
a pesar de los pesares.