Aprendemos a tender la ropa
con las manos abiertas, a que el viento
seque las camisas sin pedirle cuentas.
Nadie tiene nada para siempre, nos decimos,
mientras la luz roza el patio
y se va.
Sin embargo,
en el centro del pecho,
algo persiste.
No es memoria.
No tiene la delicadeza de la memoria.
Es un hueso:
crece hacia adentro,
oscuro,
sin raíz,
sin la decencia de irse
con todo lo demás.
Antonio Portillo Spinola ©️