Anoche soñé contigo.
No era un sueño apacible,
de esos que se olvidan apenas amanece.
Había en él
una forma extraña de realidad,
como si el corazón reconociera
lo que la vida todavía duda.
El calor tranquilo de tus manos,
apartando la oscuridad de la noche,
me llegaba como un bálsamo,
curando mis heridas.
Cuando desperté,
creí escuchar tu respiración
muy cerca de mí,
y al abrir los ojos
te encontré esperándome
del otro lado del alba.
Como si el cordón que nos unió
fuera el único motivo
por el que ninguna de las dos
quisiera despertar.