Laura Cabrera \"La dolida\"

Inspirados en marchitarse

La sombra vivía pegada a las paredes del mundo, como un suspiro oscuro
que nadie quería mirar demasiado tiempo.


No tenía rostro, pero cargaba ojeras invisibles.
No tenía voz, pero gritaba por dentro
hasta desgarrarse en silencio.


Cada noche se sentaba
al borde de su propia existencia,
mirando cómo el vacío
le mordía lentamente el pecho, alejándose de quién le daba la fuerza de vagar por el mundo.


Su corazón,
hecho de humo y heridas,
se marchitaba despacio
como una flor olvidada.


Y aun así…
quería sobrevivir.


Aunque le costara respirar
entre pensamientos que pesaban toneladas, aunque la ansiedad le apretara la garganta como manos desesperadas, aunque el miedo le llenara el cuerpo de temblores invisibles.


La sombra luchaba consigo misma para no desaparecer.


Una parte quería quedarse, ver amaneceres, escuchar otra vez la calma, sentir algo distinto al dolor.


La otra solo quería apagarse.


Porque estaba cansada.


Cansada de fingir estabilidad sobre la luz.


Cansada de sonreír con los ojos vacíos.
Cansada de escuchar que era “flojera” cuando apenas podía levantarse de la cama.


Había días en que el simple hecho de existir se sentía como cargar ruinas en la espalda.


Entonces llegaban los ataques:
el aire desaparecía,
las manos temblaban,
el corazón corría aterrado sin escapar de ningún sitio.

Y la sombra solo podía quedarse quieta,
mirando el suelo,
tratando de no derrumbarse frente a los demás.


Nadie escuchaba su llanto, pues las sombras viven en silencio.
Porque las sombras también lloran en silencio.

Lloran detrás de puertas cerradas,
en madrugadas interminables,
mientras el mundo duerme tranquilo
sin imaginar cuántas batallas
puede esconder un alma rota, cuando pueden correr solas por los rincones obscuros.


Y había otras sombras.


Sombras que dejaron de luchar
mucho antes de desaparecer.

Sombras que se cansaron de pedir ayuda con la mirada.

Sombras que un día simplemente se apagaron.

Nadie notó su ausencia al principio.


El mundo siguió girando,
las calles siguieron llenas,
las personas continuaron riendo
mientras algunos rincones
quedaban vacíos para siempre sin fragmentos distorsionados a la luz.


Porque hay sombras
que mueren en silencio,
sin despedidas,
sin manos que las detengan,
sin alguien capaz de entender el tamaño de su dolor.

Sombras que se consumen lentamente hasta convertirse en nada.


Y eso aterraba a la sombra.


Temía convertirse
en otro recuerdo olvidado,
en otra ausencia ignorada,
en otra historia que nadie quiso escuchar a tiempo.


La sombra comenzó a marchitarse
tan lentamente que nadie notó cuándo dejó de brillar.

Tenía una inspiración en no salir más.


Pero incluso consumida,
incluso rota,
aún guardaba dentro
una pequeña chispa absurda y humana:
las ganas de sobrevivir
aunque doliera hacerlo.