Llegó la hora
de dejar que el viento cruce por mi calle
y que su voz de nubarrones no se pierda;
que no se extinga en su vuelo raudo
sobre el transeúnte de espejuelos.
Ya no quiero sonajeros,
ni libros abiertos de remedos:
yo soy la llave, la cerradura y el cerrajero.
Todo es pérdida y desierto:
viento enmascarado en el jean raído de un viajero;
un ciclo de sueño, rito y duelo.
Todo intenta reposar en la alacena:
pan de moho que ya no emite gemido
allí donde parasitan los sonidos;
fruta macerada, sonámbula y ajena,
rodando, extraviada entre los cestos y vitrinas.
Dejaré al sinsonte y la yerbabuena
posarse en la rama desnuda
—hueso y hoja—.
Que sus granos se marchen con su olvido,
que su canto de animal,
trémulo y dormido,
se hunda en el barbecho de la memoria
hasta que el ocaso de su tarde arda.
Que regrese el viento…
que abone para siempre el umbral de las esquinas.
Yo gritaré frente al dolor
y frente al olvido;
me bañaré en la vieja sangre
de quienes no encontraron su regreso.
Rasgaré para siempre las vestiduras y,
para que mi alma yazga intacta,
mudaré mi piel, tensaré los nudos del delirio:
Soy el ave…
Soy el ave…
Soy el ave en fuga de su nido.
Racsonando Ando / Oscar Arley Noreña Ríos.