Epígrafe:
“Pedirle a un niño que vaya a la esquina a ver si llueve era, en verdad, una manera de decirle: no molestes, los adultos estamos hablando. De ahí nace esta historia.”
Una vez, cuando niño,
me pidieron
que fuera hasta la esquina
a ver si llovía.
Confiado acepté la propuesta,
y fui hasta la esquina,
pero al llegar, no llovía.
Como no podía regresar
con las manos vacías,
pensé que tal vez,
en la otra esquina
mi suerte cambiaría.
Pero al llegar,
ni rastros de lluvia hallaría.
Seguí caminando,
y en mi obstinación
presentía
en cuál de todas ellas
ese milagro sucedería.
Y pasaron las horas,
el día se volvió noche,
la noche bostezó el día,
y aunque, sin novedades,
yo persistía,
no podía regresar
con las manos vacías.
Adiós don Francisco,
¿Sabe usted cuándo habrá tormenta?
Hola doña Angelita,
¿Cree usted que pueda llover pronto?
Y en un abrir y cerrar de ojos
vi pasar las estaciones fugaces,
al cielo en penumbras,
a la luna cambiar de fases.
Hasta que un día
una nube dio a luz su llanto bravío
y empapó de asombro
mi cuerpo de trapos raídos.
Las gotas eran letras
en pendiente ordenada
como en un alfabeto,
y fue tan grande diluvio
que mojó mi alma,
mi piel,
mi esqueleto.
Por fin la encontraba,
al fin sucedía,
corrí como rayo
a dar la primicia,
quería ser el primero.
en contar la noticia.
Pero al llegar a casa
en nada se parecía,
mis abuelos ya no estaban,
y en aquella reunión
nadie más hablaría.
Me sentí un extraño,
y no alcanzaba entender
cómo podía ser
que mi cuerpo hubiera cambiado.
Confundido, volví sobre mis pasos,
buscando mi pasado de infortunios.
Ya no quedaban nubes,
solo un cielo despojado.
Tan solo hallé mi inocencia,
allí la había dejado.
El cielo despejado
era un espejo sin dueño
y yo, espantapájaros,
persistía en la intemperie
como sombra del milagro.