JUSTO ALDÚ

EL VACÍO EXISTENCIAL

El universo mastica sus meteoros
como un dios insomne triturando almendras fósiles.

He caminado por avenidas de cuarzo negro
donde las constelaciones se pudren
igual que naranjas litúrgicas
en un anaquel de ceniza.

Toda respuesta llega con pulmones viejos.
Toda verdad arriba cojeando,
cubierta de hollín astronómico,
mientras el hombre —ese mamífero de eclipses—
ya ha cerrado la puerta de sus preguntas.

A veces escucho
el crujido espectral de las galaxias,
como si millones de catedrales submarinas
se desplomaran dentro de un violín ciego.

Y nadie.

Sólo la gravitatoria saliva del vacío
lamiendo los bordes de la conciencia.

He visto relojes suicidarse en supernovas diminutas.
He visto ángeles tuberculosos
fumar mercurio en estaciones orbitales.
He visto la esperanza:
un insecto de oro enfermo
golpeando inútilmente
los vitrales del tiempo.

La existencia es un alfabeto amputado.
Un códice sin oxígeno.
Una lámpara escita
ardiendo en los intestinos del infinito.

Sin embargo,
persistimos.

Como líquenes metafísicos
aferrados al mármol de la nada.

Persistimos
aunque el sentido sea apenas
una moneda arrojada al pozo cuántico del miedo,
un telegrama tardío
enviado desde una estrella ya difunta.

Porque quizás vivir
consista precisamente en eso:
en besar la intemperie,
en domesticar el vértigo,
en encender diminutas hogueras verbales
contra la glaciación del absurdo.

Y acaso el alma
no sea más que una cicatriz luminosa
que el vacío se deja
cuando atraviesa al hombre.

 

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