¡LAS MANOS DE UN EXTRAÑO!!
A esa edad
en la que no se sabe aún
que el amor prevalece más allá
de los brazos de una madre,
las manos de un extraño
expandieron mi corazón.
Llovía, hacía frío.
La calle era un oscuro espejo
de agua y de cristal.
De pronto, frente a mí, sobre la acera,
un hombre ebrio caía sobre un charco.
La gente alrededor miraba, incómoda,
a otro lado.
Unos padres tiraban del brazo de su hijo,
que apuntaba asombrado con el dedo.
Yo también era ingenuo, y niño,
y caminaba al lado de mi madre.
Aún recuerdo aquella tarde,
la lluvia, el frío
y sobre todo aquel murmullo urbano,
ajeno e insoportable.
De entre la multitud
alguien dio un paso al frente
y se ofreció a coger del suelo
la miseria de ese hombre.
Mis ojos percibieron el vigor
de unas manos grandes
haciendo alarde de una insólita
misericordia humana.
Vi alrededor, sonrisas encendidas
apagarse de golpe
y una turba de brazos y paraguas
soportando la indigna indiferencia
de su propio peso;
Pero… ¿y el ruido?
Mamá, ¿por qué no se oye nada?
(Porque ha pasado un ángel;
porque ha pasado un ángel).
Desde entonces
jamás niego una mano
salpicada de barro
y nunca doy la espalda a un hombre
que asume como propia
la desgracia de otro hombre.
Yo era ingenuo,
y niño,
y habitaba ese mundo limpio
de los brazos de una madre.
Siempre se aprenden cosas buenas
de un prójimo que deja,
sus manos y su corazón,
tendidos sobre un charco.