Habrá quien diga
que un “sí, gracias” basta,
como si dos palabras pudieran vendar
el ruido que se cae dentro del pecho.
Y yo me quedo pensando
si de verdad estás bien
o si solo aprendiste el manual de emergencia
para que nadie siga preguntando.
Ese protocolo triste
de responder corto,
de fingir calma,
de poner puntos finales
donde todavía hay incendios.
Porque no existe una etiqueta
que diga:
“frágil, no tocar”,
ni otra que advierta
“cuidado, derrumbe interno”.
Caminamos rotos en silencio,
disimulando grietas
como edificios que aún siguen de pie
solo por costumbre.
Y ojalá existiera un botón
para reiniciar el alma,
volver distinto,
volver menos miedo,
menos duda,
menos esa sensación amarga
de sentirse molestia
por preguntar dos veces
si alguien está bien.
Pero a veces el mundo cabe
en una respuesta automática,
en un “sí, gracias”