R.

El vicio de sentir

Perdí la esperanza en unos labios

y me rendí ante ese veneno elegante,

sutil como licor fino

que no arde al primer trago,

pero incendia lento por dentro.

Embriaga la ausencia de juicio,

te vuelve adicto a regresar

aunque cada sorbo cueste caro,

aunque sepas

que algo en ti terminará en ruinas.

Porque no existe vicio más incurable

que aquello que nos fue prohibido,

eso que se prueba una vez

y deja al cuerpo mendigando eternidades.

Y nada vuelve a sentirse igual después.

El mundo cambia de sabor,

las mañanas amanecen pesadas,

como si el sol también cargara abstinencia

y la calma hubiera abandonado la habitación.

Somos culpables

de volvernos devotos del placer,

de besar aquello que nos destruye

solo porque, por un instante,

nos hizo sentir vivos.