Cada mañana escucho el rugir de las hojas
que azota el cuerpo y al viento,
entre los murmullos de la hierba
y la piedra que lleva una voz colérica.
Se
acaba
la noche desierta
y comienza
la senda boscosa:
me
desarmo
poco a poco
ignorando
mi
propia
dolencia
y se me escapa el pasado.
Cada mañana es un imperio marcado por las nubes,
un solsticio que me desnuda, como las aves y aprendí de ellas la más inefable forma
de desnudarme
practiqué las más sublimes orgías
y me escurrí entre
el canto y la lluvia.