…Guerras interminables, cansinas, hambrunas terribles – que las hay pero que no nos dejan saber de ellas – desertizaciones y por tanto pueblos y sociedades que se mueven a otras zonas, que huyen, volcanes, inundaciones que provocan desapariciones de espacios de cultivos, terremotos, incendios; después de todo esto y cada vez más viene el contrasentido de hablar, porque se habla, no cabe duda, de la cada vez más posibilidad del fin de la Humanidad: yo no lo creo.
El Hombre, el ser humano, siempre y por naturaleza ha sido cobarde históricamente; hay una parte de la sociedad que dice que el Hombre destruirá, acabará, con el Mundo: tampoco lo creo. No lo hará por la sencilla razón de que no creó este mundo, no es suyo sino que vive y subsiste en él; quizás – y sin quizás – acabará con su mundo personal. Por lo que sabemos podemos decir, sin miedo a equivocarnos en absoluto, que el miedo del hombre a nuestro supuesto fin en la Tierra como especie humana nació y se extendió con el pensamiento del Hombre desde el principio de su propia existencia primitiva; Todo empezó en un mundo que no conocía y por tanto tampoco comprendía; creía en el fin del Mundo después de cada inundación, de cada terremoto, de cada erupción volcánica, de cada incendio a gran escala: después de todo esto creía que era el fin del mundo.