José Luis Barrientos León

Un asombro que se quedó a vivir

Nota sobre un asombro que se quedó a vivir

Aquel primer día no hubo estruendos de artillería ni grandes prefacios del destino. Fue, más bien, un accidente afortunado: una mirada que coincidió con la mía en el momento exacto en que el mundo parecía estar distraído. Ese encuentro, que empezó con la timidez de lo casual y el protocolo de lo trivial, terminó siendo la viga maestra de todo lo que vino después.

Porque el amor, cuando es de veras, tiene esa manía de dejar de ser un evento de calendario para volverse el café de la mañana, la llave en la cerradura y la certidumbre de que uno ya no es un solo individuo contra el invierno. Pasamos del «mucho gusto» al «nos vemos mañana», y de ahí a esta vida compartida donde el nosotros es la única patria posible.

Este poema es para recordar cómo el azar se nos volvió costumbre, y cómo aquella primera tarde terminó por ser la semilla de esta hermosa, terca y cotidiana felicidad.

 

Aquel día no hubo luces de neón ni música de violines,

solo fue un café, dos miradas asustadas

y la sospecha, casi molesta, de que todo cambiaba.

 

Llegaste con tus dudas y tu prisa,

y yo, con mi estuche de escéptico empedernido.

Pero, de pronto, la conversación dejó de ser cortesía

y se volvió un refugio, un mapa, una confidencia.

 

Lo que empezó como un \"por si acaso\" en la agenda,

se convirtió en la certeza de la cena, en la llave compartida,

en la ropa mezclada en el mismo sillón.

 

Dejamos de ser dos islas que se saludaban de lejos

y decidimos construir un puente, una rutina, una trinchera.

Aquel primer encuentro, tan casual y distraído,

hoy es el día a día, la utopía hecha costumbre,

porque entender que te quería era, s

implemente, sobrevivir.