Mirrorink

Pájaro

Aquí abajo está vacío.

Sucio.

Solo.

Pero no del todo.

 

Las manos me sostienen.

No sé si son las mismas que me bajaron,

o unas nuevas que aprendieron a querer el fondo.

Me sostienen como se sostiene un hueso roto:

torpemente, pero sin soltar.

Los gusanos me comen despacio,

pero las manos me susurran que eso es normal,

que todos los que viven aquí adentro

se dejan comer un poco.

 

Y lo más cruel:

las manos me hacen ver el cielo.

Me lo señalan como quien muestra un espejo roto

y dice \"mira, ahí estarías si fueras otra\".

Me muestran el pájaro.

 

Es hermoso.

Claro que es hermoso.

Plumas negras como aceite sobre agua,

vuelo recto, sin dudas.

Sube, baja, gira, se ríe de la gravedad.

Yo lo veo desde el fondo,

con los gusanos en el pecho,

y por un segundo creo que lo odio.

Pero no.

Lo envidio.

Que es peor que odiar.

 

Quiero salir.

cómo quiero salir.

Pero si salgo,

si de verdad trepo por estas paredes de sombra

y llego arriba y respiro ese aire sin moho,

entonces:

¿quién me sostiene?

¿quién me toca?

Allá arriba no hay manos.

Allá arriba hay que sostenerse sola.

 

Y no sé.

No sé si yo puedo volar.

No sé si tengo alas o solo gusanos disfrazados de hueso.

Tengo miedo de salir

y descubrir que en realidad

nunca fui el pájaro,

sino la cosa que se arrastra.

El gusano.

El que mira desde el suelo mojado cómo otros tienen cielo.

 

Porque los gusanos no vuelan.

Los gusanos se arrastran hacia hoyos

y dentro del hoyo

encuentran a alguien

con las alas recién arrancadas.

Todavía sangran.

Todavía tiemblan.

Y el gusano que soy yo

se acerca despacio

y muerde.

 

No por maldad.

Por hambre.

Porque el coraje de los que cayeron

es lo único caliente que queda

en este lugar frío.

 

Así que me quedo.

Me quedo con las manos sucias,

los gusanos comiendo,

el pájaro allá arriba

y yo acá abajo

viéndolo

hasta que se haga de noche

y ya no pueda verlo

y entonces

entonces sí

estoy sola del todo.