Patricia Aznar Laffont

Perdido ....Prosa lírica

Naufragaba en el mar de las incógnitas donde las preguntas y respuestas no tenían razón de existir.

 Sentía muchas veces en las noches más oscuras que el surco de una nave negra lo perseguía. Era habitual ese sentimiento, ese que lo llevaba a instancias infinitas, a sus años  perdidos entre humaredas grises y densas o al peldaño quebrado y desvanecido de su pequeña barca que sin timón desvariaba entre lo conocido y lo ignorado.

Él mismo se sentía sólo un frágil madero que flotaba a la deriva. El peso de la vida y sus sentires conjugaban esa simbiosis única que entre caravanas de tiempo y corpúsculos de arena había signado sus días.

De pronto, una noche , la frescura del agua salada lo hipnotizó. No hubo razón ni intención de su parte, lentamente el agua se transformó en hielos que venían quizás de lo eterno, de los glaciares de los tiempos o de un huracán de lluvias  y de sentimientos tan difusos como esas imágenes que de algún modo lo atormentaban, quizás provenientes del castigo esperado de ese dios al que siempre había invocado pidiéndole perdón.

Esta vez no sintió temor sino una débil entrega y el deseo de dormir la eternidad misma purgando de esa manera su pecado, esa honda herida que lo alcanzaba a diario.

Su  soledad le negaba cualquier rastro de su ser mismo. No se conocía, ignoraba su propio nombre, pero esto había sido siempre y realmente lo enloquecía.

Sobre la rústica tela que hacía las veces de cama se durmió. No sabía que esa noche llegaría a su último y anhelado destino; un dormir agitado, quizás apretado por sus vivencias más oscuras lo alcanzó.

Soñó que las albas y ocasos de la humanidad toda de la que siempre se había alejado, borraban para siempre su cuerpo, su alma, su sombra.

Soñó con un círculo, con un tiempo redondo como una esfera, soñó las tardes y las noches compartidas con su hermano. Soñó y lloró angustiado su ausencia.

Perdido entre pesadillas y las más místicas plegarias alguien apuró el final de su sueño.

 Las Cábalas se hicieron presente e hicieron su efecto.

Cuando con esfuerzo despertó, lo conocido se volvió nuevamente pregunta. Buscó un atisbo de lo que había sido entre sus laberintos mentales y no encontró nada.

Cayó nuevamente en un estado cataléptico y volvió a soñar.

Esta vez fue definitivo, cada paso en el laberinto fue caída, fue la noche y fue el alba y el recuerdo remoto de su nombre, el que había negado toda su vida, fue  entonces y otra vez, su mortal pecado y su redención misma.

Recordó por fin su nombre: fue Caín y también Abel en un solo instante, una díada absoluta, que se vislumbró en un escenario bíblico y que en un parpadeo desapareció; su dios le otorgó el perdón con el que había soñado todos sus días sobre esta Tierra.

 Por fin liberado, temblando, pudo esbozar una sonrisa y llorar su alivio, mientras un sol nuevo lo llenó de calor.

 

(Patricia)

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