Largas son las noches
en que te pienso, amor,
como largas son las raíces
de los sueños donde (a veces)
me escondo…
En mi presente
—ajeno a todo—,
el viento cambia su rumbo
por el momento consciente
que revela dónde estás
y por qué…
¡esa tela de araña que te envuelve!
Entonces —justo cuando pasas—
el cansancio descansa
mientras me habita…
Y al marchar ¡me deja solo!
en medio del silencio;
un silencio denso… casi pegajoso,
con ese amargo olor a soledad
de los sueños imposibles.
Ya al amanecer:
la niebla de la noche
se deshace entre mis dedos
al asirme a tu recuerdo antes del olvido…
mientras al otro lado de mí,
yo me despierto.
Solo entonces me doy cuenta:
igual que el viento borra huellas en la arena,
aún soy yo
el guardián de esa promesa
(que tal vez juntos)
soñamos una vez…