Caí.
Y otros sangraron conmigo.
El ángel caído
sembró la tierra del mal
con las manos que antes
repartían luz.
No hubo intención.
Hubo ceguera.
Y la ceguera
también destroza.
Recogí los pedazos
sin saber cuáles eran míos
y cuáles
arrancados de otros.
Aprendí tarde
que caer no absuelve.
Que el daño hecho en la caída
sigue siendo daño.
Y con eso cargo.
No como condena.
Como verdad.
Antonio Portillo Spinola ©️