El escaparate reflejaba
más de lo que mostraba.
Cada objeto, perfectamente colocado,
prometía algo
que nunca había estado allí.
Entonces se dijo a sí mismo:
Observa, decepciónate y aléjate.
Lo hizo.
Cada figura, cada detalle,
perdía su encanto al mirarlo de cerca.
Lo que fascinaba desde fuera
apenas resistía la verdad.
Se giró, respiró el aire frío de la calle
y siguió andando, más ligero.
Había aprendido algo difícil de explicar:
algunas maravillas
solo sobreviven
mientras nadie se acerca demasiado.