Se clava, de repente,
la luz de tu pupila en mi pupila
y ya no soy consciente
de a quién estoy mirando y quién me mira.
Me he vuelto indiferente
a todos esos versos que no inspiran,
me declaro inocente
de lanzar esas palabras que lastiman.
Bebo desde su fuente
la vida de tu boca y tu saliva,
escuchando ferviente
la voz que en tu silencio se adivina.
Ya no existe la mente,
ni el torvo pensamiento que fulmina,
solo el latido ardiente
de esta luz que en nosotros se unifica.
Cruzamos ese puente
donde el amor nos une y nos cobija,
nos volvemos más fuertes
amándonos sin pausa ni medida.