No recuerdo el momento
en que dejé de percibir el viento,
los colores, las personas,
un amanecer o un ocaso.
Dejé de mirar el reloj,
dejé de pensar en el tiempo,
en la vida.
Ahora solo soy un ser vacío,
atrapado en una burbuja de melancolía,
donde lo único que salva mi alma de morir
son los vagos recuerdos de mi infancia.
Y me pregunto, casi sin esperanza,
si ese niño
que fui alguna vez
aún me guarda un poco de su luz.