No la quería solo para besarla,
ni para guardar su nombre
en el silencio tibio de la madrugada.
La quería para quedarse.
Para caminar a su lado
cuando el mundo pesara demasiado,
para verla crecer
como crecen las flores que sobreviven al invierno,
lentamente,
hermosamente,
sin darse cuenta.
La quería en las noches simples,
escuchando sus sueños
antes de que el sueño la venciera.
La quería celebrando sus logros
con el orgullo limpio
de quien ama sin competencia,
como si cada victoria suya
también le curara algo por dentro.
La quería incluso en sus tormentas,
protegiéndola de aquello
que ella misma no sabía enfrentar.
La quería en lo pequeño:
en las conversaciones sin sentido,
en los mensajes de madrugada,
en el café compartido,
en el “avísame cuando llegues”,
en el permanecer.
Y quizá,
sin darse cuenta,
eso era lo más parecido al amor verdadero.
Mucho más de lo que ella
estaba preparada para aceptar.